Rutina
Ella detuvo la mano a medio camino entre el azucarero y la taza. No podía dejar de mirar el azúcar.
—Te abandono —dijo, ausente.
—Llevaba años esperándolo —contestó él.
—No lo he podido evitar.
—Me imagino. Bueno.
—Bueno.
Él sorbió el resto del café.
—Hasta la noche, querida. No olvides recoger mi traje gris del tinte.
Ella asintió de manera mecánica, aún mirando el azúcar. Él salió de la cocina.
Sonó un portazo.
Aflojó un poco los dedos en torno a la cucharilla. Su contenido cayó despacio sobre el mantel y cubrió por completo una mancha de mermelada de frambuesa.
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Nadie recogió aquel traje del tinte y él no volvió a verla. Dicen que la vieron alejarse, saltando las baldosas de dos en dos y pintando sonrisas por la acera.
Jimena