Reset
Me gusta jugar a que te miro y no te reconozco. Tantos años juntos hacen difícil llegar hasta ese punto, pero merece la pena. Después de comer te has dejado caer en el sofá, con esa cara que pones cuando parece que miras la tele pero estás mirando mucho más allá. Y he jugado de nuevo. Ahí estabas, perfectamente imperfecta, por un instante desconocida. He vuelto a sentir el pellizco efervescente dentro del pecho. Y he reconocido un pánico familiar: miedo a hacer o decir cualquier cosa que te haga desaparecer, como un dedo que roza una pompa de jabón.