Carlota no bota
Estos días estoy aprendiendo mucho sobre literatura infantil y juvenil, gracias a algunos libros y a la ayuda valiosa de una buena amiga. Como ejercicio, he escrito este cuento titulado «Carlota no bota». Espero que os guste.
Carlota está hoy muy contenta. Papá va a llevar a su hermano Fredo y a ella a visitar el Museo de las Cosas Altas. A Carlota le encantan los museos. Le gusta pasearse por las salas enormes y escuchar el murmullo de los señores con bigote y gorra. Le gusta el sonido de sus zapatos cuando golpean el suelo brillante. Porque todos los museos tienen suelos brillantes y señores con bigote y con gorra, eso lo sabe hasta Fredo aunque solo tenga seis años.
Papá, Fredo y Carlota suben al tranvía y se sientan en la primera fila, al lado de la puerta, y en cuanto lleguan a la parada del Museo bajan los tres de un salto.
En la puerta del Museo, Papá saca las entradas y los coge de la mano para que no se pierdan entre tanta gente. Llegan hasta las escaleras. Carlota mira hacia arriba y ve una espiral que sube y sube, como si no terminara nunca.
Papá les explica que en cada piso verán cosas más altas que en el anterior. Por eso lo llaman el Museo de las Cosas Altas.
Carlota le pregunta a Papá:
—¿Cuántos pisos hay?
—Nadie lo sabe, porque nadie se ha atrevido a subir hasta el final —dice Papá.
—Yo si me atrevo —dice Carlota.
—Y yo —dice Fredo, que siempre se apunta a todo, aunque no sepa qué es.
Papá mira hacia arriba y se rasca la cabeza. Al final sonríe y le dice a Carlota:
—De acuerdo. Vamos a intentarlo.
Suben el primer tramo de escaleras. Papá les pregunta:
—¿Estáis cansados?
Los dos dicen que no.
Siguen subiendo escaleras. Hasta el segundo piso, el tercer piso, el cuarto piso. Al llegar al quinto piso tienen que parar un rato, porque Papá sí está cansado.
—Me estoy haciendo viejo —dice Papá.
—Tú no eres viejo —dice Fredo—. Eres mayor, pero no eres viejo.
Carlota le da un empujón a Fredo.
—Eres un pelota.
Antes de que empiecen a pelearse, Papá los coge otra vez de la mano y los tres continúan subiendo escaleras.
Pasa el tiempo y Carlota ha perdido la cuenta de los pisos. El último que contó fue el décimo, pero eso fue hace mucho rato.
Papá se ha puesto colorado y suda.
—Tenemos que hacer otro descanso —dice Papá.
A Carlota no le importa, porque las piernas le duelen un poco después de subir tantos escalones.
Papá les pregunta:
—¿Queréis ver cuánto hemos subido?
Carlota y Fredo dicen que sí a la vez. Los tres se acercan hasta la barandilla de la escalera. Carlota ve una espiral que baja y baja, como si no terminara nunca.
Intenta contar los pisos, pero no ve muy bien a través de los barrotes. Trepa a la barandilla hasta asomarse por encima. Así sí que se ve bien, piensa Carlota.
—Cuidado, Carlota. Te puedes caer —dice Papá con cara de preocupación.
Ella le hace caso. No quiere que Papá se enfade y decida volver a casa. Y no quiere volver a casa sin ver el último piso del Museo de las Cosas Altas.
—Bájate ahora mismo —le dice Papá.
Y ella se deja caer. Pero algo sale mal, porque en vez de caer hacia adentro cae hacia afuera. Da una vuelta en el aire y empieza a bajar en medio de la espiral de escalones. Es como volar. Carlota piensa que quizá pueda contar ahora los pisos que han subido, pero no le da tiempo. El suelo de baldosas blancas y negras se acerca muy rápido.
Antes de que ella pueda pensar nada más, llega al suelo.
Carlota golpea las baldosas con un reventón de color rojo oscuro. Su sangre salpica las paredes, las faldas de las señoras y los zapatos de los hombres que están entrando al museo. Un poquito de rojo ha llegado hasta la visera de la gorra de uno de los hombres con bigote.
En un lado, la salpicadura es verdosa en vez de roja.
Desde el piso veintitrés Fredo mira hacia abajo a través de los barrotes.
—Carlota no bota —dice Fredo. Papá dice que no con la cabeza.
Fredo señala con el dedo.
—¿Qué es eso verde, Papá? —pregunta Fredo.
—No sé. Debe ser la bilis —contesta Papá—. Y eso que cuelga de la pared parece una tripa.
Agarra a Fredo en brazos y empieza a bajar las escaleras.
—Vamos a avisar a alguien del Museo para que limpie ese estropicio. La gente podría escurrirse y hacerse daño —dice Papá.
—¿No subimos al último piso? —protesta Fredo.
—Mañana volvemos y subimos hasta el final, ¿quieres?
Y Fredo dice que sí mientras Papá baja los escalones de dos en dos.
8 comentarios
Esto… que me encanta el museo de las cosas altas. Tendría que existir.
Chiki
Me has dejado así como patidifuso. Me ha costado entender si realmente estabas jugando con la forma para contar un cuento para adultos pero luego he pensado que tienes razón, si a mí me ha dejado así, a un niño que lo lea le tiene que impactar también. Aun así, me encantan la forma y el tono!
Fer
Jo, a un niño que lo lea lo hunde. Yo estoy segura (ya nos lo dirá él) que es un juego, un ejercicio arriesgado o algo parecido. ¿Verdad que sí, Joaquín? Conste que para adultos me encanta. Pra niños no. Pobres.
Chiki
Cuando logre cerrar la boca por la gamberrada, te diré algo. De momento estoy en estado cataléptico.
Jimena
Este cuento es exactamente eso: una gamberrada. Después de leer los títulos de muchos libros para chavales, se me ocurrió de forma espontánea el de este cuento, con su rima incluída. Y como estoy en pleno aprendizaje de LIJ, decidí escribirlo para adultos intentando mantener el tono y el vocabulario de un cuento para niños.
A veces hay que jugar, afirmo. Esto sería el equivalente de abrir la boca durante la comida para que el primo Rubén pueda ver los espaguetis a medio masticar.
Joaquín Bernal
Me he recuperado. Quiero más. Pero cierra la boca, que no me gustan los espaguetis mordidos. Un beso
Jimena
Yo hubiese liquidado también a Fredo, ya puestos…
luisrecuenco
Aún estoy flipando. Al principio no sabía, o no quería saber, qué era el "reventón de color rojo oscuro".
¡Tremenda desautomatización!
Gaston