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24 de enero de 2007

Amalfi

Llueve en el puerto de Amalfi. Un perrillo se acurruca junto a unas cajas en un intento de abrigo. Su pelo chorrea. Sus ojos también. Lagrimean como lo hacen los ojos de perro; esa forma discreta de llanto a veces confundida con infección o con secreción natural. A veinte pasos hay una casucha con la fachada encalada, y en la fachada hay una ventana plomiza, y en la ventana hay una imagen de mujer que se funde con el reflejo de las nubes barrigudas y oscuras. La mujer mira el horizonte. Su cabello está seco, pero sus ojos chorrean, como los del perro. Lagrimean de esa forma en que sólo lo hacen los ojos de las esposas de los marineros; una forma discreta de llanto a veces confundida con tristeza sencilla o con frustración. Pero es soledad profunda, amarga y ronca. Llueve en el puerto de Amalfi, y mucho más allá. Las olas suicidas se destrozan la cabeza contra el espigón. El perro mira a esa mujer dentro de la casa seca y caliente, y llora. La mujer mira el horizonte escondido detrás de la lluvia, y llora.


Se conocen infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

Santiago Ramón y Cajal