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He sido un niño pequeño que, jugando en la playa, encontraba de tarde en tarde un guijarro más fino o una concha más bonita de lo normal. El océano de la verdad se extendía, inexplorado, delante de mí.

—Isaac Newton


Dejarse ir

22 de mayo de 2011 • Reflexiones

Mi tendencia a analizar minuciosamente suele ser positiva, porque me permite entender de dentro afuera lo que tengo delante. Pero cuando esa tendencia se vuelve excesiva se convierte, como es obvio, en un obstáculo para lo que tengo entre manos.

En inglés existe una expresión, control freak, que me encanta por cómo suena, por lo descriptiva que es y por las connotaciones que arrastra. Como ocurre siempre cuando uno se auto-examina, yo no me considero un control freak. Pero del mismo modo que hay gente que afirma «yo no soy racista, pero no me gustaría que mi hija se casase con bla, bla», soy consciente de que algo de control sí que me gusta mantener, y que algo de freak tengo. No lo voy a negar.

Por ejemplo, cuando escribo intento tener bajo control lo que estoy contando y cómo lo estoy contando. El resultado de escribir así suele ser falso, plastiquero, forzado, y no me gusta. Por el contrario, hay relatos que por algún motivo escribí con cierto abandono y que son precisamente los que aún hoy me siguen gustando. Los escribí con la sensación de estar apiñado en medio de una multitud que empieza a andar lentamente y acaba por echar a correr.

Aún recuerdo la primera vez que me pasó esto mientras escribía. La primera frase que salió mientras me dejaba ir fue: «Por aquel entonces también creía que las chicas en bicicleta tenían un encanto especial». Es una frase tonta, tontísima, pero me sorprendió cuando apareció en la pantalla. Recuerdo que mi monólogo mental, en ese preciso instante, me decía que tenía que soltarme, que dejarme ir, que escribir una frase arbitraria, desconectada, inesperada. El relato completo, «Ida y vuelta», es sólo pasable, pero aún así me gusta releerlo.

En un relato posterior, «Temblor de camaleón», traté de conseguir de forma consciente la misma sensación mientras lo escribía, y recuerdo que al releer el primer borrador pensé que no valía para nada y que era la prueba tangible y legible de que es necesario mantener el control durante la escritura. Suerte para mí que no me hice caso, porque tras un par de revisiones conseguí el relato que más me gusta de todos los que he escrito hasta hoy.

No es siempre así, porque hay relatos en los que decido explícitamente, antes de empezar a escribirlos, que tienen que ser muy técnicos, muy medidos, y durante la escritura dejo que así sea. Un buen ejemplo de ello es «Cambalache», otro de mis preferidos, en el que la decisión inicial fue la de escribir algo muy visual, casi como el guión de un corto transformado en relato breve.

Mientras practico al piano suele ocurrirme algo similar. Si estoy pendiente de dónde ha de ir el dedo que pulsará la siguiente nota, si trato de prestar atención al ritmo y a la coordinación entre las manos, acabo por tropezar y aturullarme.

Pero ayer me ocurrió algo curioso. Llevo unos días con la cabeza alborotada como consecuencia de una noticia en la que no puedo dejar de pensar. Y la capacidad de concentración y la atención se resienten, claro. Durante el rato de práctica de ayer todo empezó a sonar redondo, ajustado, coordinado, rápido y estupendo. Y los dedos empezaron a buscar por su cuenta variaciones que funcionan y que suenan como deben sonar. Y, como era de esperar, mi tendencia al análisis no pudo resistirse a encontrar la causa de este cambio tan súbito en mi manera de tocar. La conclusión a la que he llegado es que ese cambio, ese pequeño escalón que he subido en mi práctica con el piano, se debe a dos factores: la existencia durante la práctica de un ritmo externo y la dificultad que tengo estos días de centrar mi atención completa en lo que estoy haciendo.

Por un lado, ayer decidí añadir un fondo de percusión al rato de práctica, de modo que encendí la Elektron Machinedrum y compuse una pista interesante sobre la que tocar. Suelo utilizar metrónomo, un Korg MA-30, pero la diferencia entre oír un tic-tac-tac-tac y un acompañamiento completo es grande. Con el metrónomo de fondo, mi atención está en él y mi cabeza trata de seguir el ritmo marcado, como una obligación. Los metrónomos tienen algo de profesora victoriana de piano. Con la Machinedrum haciendo lo suyo, mi atención está en el resultado y la cabeza se limita a disfrutar de la combinación entre el sonido del piano y el de la percusión.

Durante la práctica de ayer, hubo momentos en los que sentí cierta disociación entre lo que estaba escuchando y lo que mis dedos iban tocando, como si hubiese un minúsculo retardo entre la acción y el efecto. Y no era un problema con la conexión MIDI: era una sensación elástica y nueva, el tacto de los dedos sobre el teclado haciendo lo que deben, sin interferencias ni controles innecesarios, independientes de la música resultante, que era lo único que mi cabeza era capaz de seguir. Mi atención estaba centrada en lo que sonaba, no en lo que debía hacer para que sonase. Y en lugar de dejarme llevar por ese micro-pánico de «me voy a equivocar», tan habitual cuando por un instante algo suena bien, hice el mínimo esfuerzo de dejarme ir, de seguir tocando y de disfrutar del resultado. Y funciona. Vaya si funciona. En este año y medio de prácticas al piano nunca he tocado mejor ni he disfrutado más que ayer.

Es curioso también que, al menos en mi caso, el aprendizaje avanza siempre por escalones, cuando lo lógico y lo esperable sería una mejora suave y gradual. Me ocurre con la escritura, me está ocurriendo con el piano, me ha ocurrido con la nueva profesión a que me lancé hace dos años y medio. Seguro que ahí hay algo que analizar y alguna consecuencia que extraer.

Conclusión de todo esto: a veces es conveniente, incluso necesario, dejarse ir. Tenemos todas las herramientas mentales para hacer bien eso que intentamos controlar para hacer perfecto. Sólo se trata de dejar que actúe esa parte nuestra que sabe qué se trae entre manos, de apartarse a un lado y dejar que el resultado de esas horas de práctica salga a la luz. Tratar de forzar de forma consciente un buen resultado sólo conseguirá estropearlo todo.

A menudo me da por pensar que somos más resistentes de lo que creemos. Y últimamente pienso que somos más listos, también, de lo que parece. Sólo se trata de dejarnos hacer, de darnos ese margen necesario, de dejarnos ir.